sábado, 1 de enero de 2011

LOS 4 ACUERDOS

EL PRIMER ACUERDO


Sé impecable con tus palabras

El Primer Acuerdo es el más importante y también el más difícil de cumplir. Es tan importante que sólo

con él ya serás capaz de alcanzar el nivel de existencia que yo denomino «el Cielo en la Tierra».

El Primer Acuerdo consiste en ser impecable con tus palabras. Parece muy simple, pero es sumamente

poderoso.

¿Por qué tus palabras? Porque constituyen el poder que tienes para crear. Son un don que proviene

directamente de Dios. En la Biblia, el Evangelio de San Juan empieza diciendo: «En el principio existía el

Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». Mediante las palabras expresas tu poder creativo; lo

revelas todo. Independientemente de la lengua que hables, tu intención se pone de manifiesto a través de las

palabras. Lo que sueñas, lo que sientes y lo que realmente eres, lo muestras por medio de las palabras.

No son sólo sonidos o símbolos escritos; son una fuerza. Constituyen el poder que tienes para expresar

y comunicar, para pensar y, en consecuencia, para crear los acontecimientos de tu vida. Puedes hablar.

¿Qué otro animal del planeta puede hacerlo? Las palabras son la herramienta más poderosa que tienes como

ser humano, el instrumento de la magia. Pero son como una espada de doble filo: pueden crear el sueño más

bello o destruir todo lo que te rodea. Uno de los filos es el uso erróneo de las palabras, que crea un Infierno

en vida. El otro es la impecabilidad de las palabras, que sólo engendrará belleza, amor y el Cielo en la Tierra.

Según cómo las utilices, las palabras te liberarán o te esclavizarán aún más de lo que imaginas. Toda la

magia que posees se basa en tus palabras. Son pura magia, y si las utilizas mal, se convierten en magia

negra.

Esta magia es tan poderosa, que una sola palabra puede cambiar una vida o destruir a millones de

personas. Hace años, en Alemania, mediante el uso de las palabras, un hombre manipuló a un país entero de

gente muy inteligente. Los llevó a una guerra mundial sólo con el poder de sus palabras. Convenció a otros

para que cometieran los más atroces actos de violencia. Activó el miedo de la gente, y de pronto, como una

gran explosión, empezaron las matanzas y el mundo estalló en guerra. En todo el planeta los seres humanos

han destruido a otros seres humanos porque tenían miedo. Las palabras de Hitler, que se basaban en

creencias y acuerdos generados por el miedo, serán recordadas durante siglos.

La mente humana es como un campo fértil en el que continuamente se están plantando semillas. Las

semillas son opiniones, ideas y conceptos. Tú plantas una semilla, un pensamiento, y éste crece. Las

palabras son como semillas, ¡y la mente humana es muy fértil! El único problema es que, con demasiada

frecuencia, es fértil para las semillas del miedo. Todas las mentes humanas son fértiles, pero sólo para la

clase de semilla para la que están preparadas. Lo importante es descubrir para qué clase de semillas es fértil

nuestra mente, y prepararla para recibir las semillas del amor.

Fíjate en el ejemplo de Hitler: Sembró todas aquellas semillas de miedo, que crecieron muy fuertes y

consiguieron una extraordinaria destrucción masiva. Teniendo en cuenta el pavoroso poder de las palabras,

debemos comprender cuál es el poder que emana de nuestra boca. Si plantamos un miedo o una duda en

nuestra mente, creará una serie interminable de acontecimientos. Una palabra es como un hechizo, y los

humanos utilizamos las palabras como magos de magia negra, hechizándonos los unos a los otros

imprudentemente.

Todo ser humano es un mago, y por medio de las palabras, puede hechizar a alguien o liberarlo de un

hechizo. Continuamente estamos lanzando hechizos con nuestras opiniones. Por ejemplo, me encuentro con

un amigo y le doy una opinión que se me acaba de ocurrir. Le digo: «iMmmm! Veo en tu cara el color de los

que acaban teniendo cáncer». Si escucha esas palabras y está de acuerdo, desarrollará un cáncer en menos

de un año. Ese es el poder de las palabras.

Durante nuestra domesticación, nuestros padres y hermanos expresaban sus opiniones sobre nosotros

sin pensar. Nosotros nos creíamos lo que nos decían y vivíamos con el miedo que nos provocaban sus

opiniones, como la de que no servíamos para nadar, para los deportes o para escribir. Alguien da una opinión

y dice: «¡Mira qué niña tan fea!». La niña lo oye, se cree que es fea y crece con esa idea en la cabeza. No

importa lo guapa que sea; mientras mantenga ese acuerdo, creerá que es fea. Estará bajo ese hechizo.

Las palabras captan nuestra atención, entran en nuestra mente y cambian por entero, para bien o para

mal, nuestras creencias. Otro ejemplo: quizás pienses que eres estúpido, y tal vez lo hayas creído desde

siempre. Este acuerdo es muy difícil de romper, y es posible que te lleve a realizar muchas cosas con el único

fin de convencerte de que realmente eres estúpido. Puede que hagas algo y te digas a tí mismo: «Me gustaría

ser inteligente, pero debo de ser estúpido, porque si no lo fuera, no habría hecho esto». La mente se mueve

en cientos de direcciones diferentes y podríamos pasarnos días enteros atrapados únicamente por la creencia

en nuestra propia estupidez.

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Pero un día alguien capta tu atención y con palabras te hace saber que no eres estúpido. Crees lo que

esa persona dice y llegas a un nuevo acuerdo. Y el resultado es que dejas de sentirte o de actuar como un

estúpido. Se ha roto todo el hechizo sólo con la fuerza de las palabras, Y a la inversa, si crees que eres

estúpido y alguien capta tu atención y te dice: «Sí, realmente eres la persona más estúpida que jamás he

conocido», el acuerdo se verá reforzado y se volverá todavía más firme.

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Veamos ahora lo que significa la palabra «impecabilidad». Significa «sin pecado». «Impecable»

proviene del latín pecatus, que quiere decir «pecado». El prefijo im significa «sin», de modo que «impecable»

quiere decir «sin pecado». Las religiones hablan del pecado y de los pecadores, pero entendamos qué

significa realmente pecar. Un pecado es cualquier cosa que haces y que va contra ti. Todo lo que sientas,

creas o digas que vaya contra ti es un pecado. Vas contra ti cuando te juzgas y te culpas por cualquier cosa.

No pecar es hacer exactamente lo contrario. Ser impecable es no ir contra ti mismo. Cuando eres impecable,

asumes la responsabilidad de tus actos, pero sin juzgarte ni culparte.

Desde este punto de vista, todo el concepto de pecado deja de ser algo moral o religioso para

convertirse en una cuestión de puro sentido común. El pecado empieza con el rechazo de uno mismo. El

mayor pecado que cometes es rechazarte a ti mismo. En términos religiosos, el auto-rechazo es un «pecado

mortal», es decir que te conduce a la muerte. En cambio, la impecabilidad te conduce a la vida.

Ser impecable con tus palabras es no utilizarlas contra ti mismo. Si te veo en la calle y te llamo estúpido,

puede parecer que utilizo esa palabra contra ti, pero en realidad la utilizo contra mí mismo, porque tú me

odiarás por ello y tu odio no será bueno para mí. Por tanto, si me enfurezco y con mis palabras te envío todo

mi veneno emocional, las estoy utilizando en mi contra.

Si me amo a mí mismo, expresaré ese amor en mis relaciones contigo y seré impecable con mis

palabras, porque la acción provoca una reacción semejante. Si te amo, tú me amarás. Si te insulto, me

insultarás. Sí siento gratitud por ti, tú la sentirás por mí. Si soy egoísta contigo, tú lo serás conmigo. Si utilizo

mis palabras para hechizarte, tú emplearás las tuyas para hechizarme a mí.

Ser impecable con tus palabras significa utilizar tu energía correctamente, en la dirección de la verdad y

del amor por ti mismo. Si llegas a un acuerdo contigo para ser impecable con tus palabras, eso bastará para

que la verdad se manifieste a través de ti y limpie todo el veneno emocional que hay en tu interior. Pero llegar

a este acuerdo es difícil, porque hemos aprendido a hacer precisamente todo lo contrario. Hemos aprendido a

hacer de la mentira un hábito al comunicarnos con los demás, y aún más importante, al hablar con nosotros

mismos. No somos impecables con nuestras palabras.

En el Infierno, el poder de las palabras se emplea de un modo totalmente erróneo. Las usamos para

maldecir, para culpar, para reprochar, para destruir. También las utilizamos correctamente, por supuesto, pero

no lo hacemos muy a menudo. Por lo general, empleamos las palabras para propagar nuestro veneno

personal: para expresar rabia, celos, envidia y odio. Las palabras son pura magia –el don más poderoso que

tenemos como seres humanos– y las utilizamos contra nosotros mismos. Planeamos vengarnos y creamos

caos con las palabras. Las usamos para fomentar el odio entre las distintas razas, entre diferentes personas,

entre las familias, entre las naciones... Hacemos un mal uso de las palabras con gran frecuencia, y así es

como creamos y perpetuamos el sueño del Infierno. Con el uso erróneo de las palabras, nos perjudicamos los

unos a los otros y nos mantenemos mutuamente en un estado de miedo y duda. Dado que las palabras son la

magia que poseemos los seres humanos y su uso equivocado es magia negra, utilizamos la magia negra

constantemente sin tener la menor idea de ello.

Por ejemplo, había una vez una mujer inteligente y de gran corazón. Esta mujer tenía una hija a la que

adoraba. Una noche llegó a casa después de un duro día de trabajo, muy cansada, tensa y con un terrible

dolor de cabeza. Quería paz y tranquilidad, pero su hija saltaba y cantaba, alegremente. No era consciente de

cómo se sentía su madre; estaba en su propio mundo, en su propio sueño. Se sentía de maravilla y saltaba y

cantaba cada vez más fuerte, expresando su alegría y su amor. Cantaba tan fuerte que el dolor de cabeza de

su madre aún empeoró más, hasta que, en un momento determinado, la madre perdió el control. Miró muy

enfadada a su preciosa hija y le dijo: «¡Cállate! Tienes una voz horrible. ¿Es que no puedes estar callada?».

Lo cierto es que, en ese momento, la tolerancia de la madre frente a cualquier ruido era inexistente; no

era que la voz de su hija fuera horrible. Pero la hija creyó lo que le dijo su madre y llegó a un acuerdo con ella

misma. Después de esto ya no cantó más, porque creía que su voz era horrible y que molestaría a cualquier

persona que la oyera. En la escuela se volvió tímida, y si le pedían que cantase, se negaba a hacerlo. Incluso

hablar con los demás se convirtió en algo difícil. Ese nuevo acuerdo hizo que todo cambiase para esa niña:

creyó que debía reprimir sus emociones para que la aceptasen y la amasen.

Siempre que escuchamos una opinión y la creemos, llegamos a un acuerdo que pasa a formar parte de

nuestro sistema de creencias. La niña creció, y aunque tenía una bonita voz, nunca volvió a cantar. Desarrolló

un gran complejo a causa de un hechizo; un hechizo lanzado por la persona que más la quería: su propia

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madre, que no se dio cuenta de lo que había hecho con sus palabras. No se dio cuenta de que había utilizado

magia negra y había hechizado a su hija. Desconocía el poder de sus palabras, y por consiguiente no se la

puede culpar. Hizo lo que su propia madre, su padre y otras personas habían hecho con ella de muchas

maneras diferentes: utilizar mal sus palabras.

¿Cuántas veces hacemos lo mismo con nuestros propios hijos? Les lanzamos opiniones de este tipo y

ellos cargan con esa magia negra durante años y años. Las personas que nos quieren emplean magia negra

con nosotros, pero no saben lo que hacen. Por ello debemos perdonarlos, porque no saben lo que hacen.

Otro ejemplo: Te despiertas por la mañana sintiéndote muy contenta. Te sientes tan bien, que te pasas

dos horas delante del espejo arreglándote. Entonces, una de tus mejores amigas te dice: «¿Qué te ha

pasado? Estás horrorosa. Mira tu vestido; haces el ridículo». Ya está; con eso es suficiente para enviarte a lo

más profundo del Infierno. Quizás esa amiga te hizo este comentario sólo para herirte, y lo consiguió. Te dio

una opinión que llevaba tras ella todo el poder de sus palabras. Si aceptas esa opinión, se convierte en un

acuerdo, y entonces tú misma pones todo tu poder en esa opinión, que se convierte en magia negra.

Los hechizos de este tipo es difícil romperlos. La única manera de deshacer un hechizo es llegar a un

nuevo acuerdo que se base en la verdad. La verdad es el aspecto más importante del hecho de ser

impecable con tus palabras. La espada tiene dos filos: en uno están las mentiras que crean la magia negra, y

en el otro, está la verdad que tiene el poder de deshacer los hechizos. Sólo la verdad nos hará libres.

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Considera las relaciones humanas diarias, e imagínate cuántas veces nos lanzamos hechizos los unos

a los otros con nuestras palabras. Con el tiempo, esto se ha convertido en la peor forma de magia negra: son

los chismes.

Los chismes son magia negra de la peor clase, porque son puro veneno. Aprendimos a contar chismes

por acuerdo. De niños, escuchábamos a los adultos que nos rodeaban chismorrear sin parar y expresar

abiertamente su opinión sobre otras personas. Incluso opinaban sobre gente a la que no conocían. Mediante

esas opiniones, transferían su veneno emocional, y nosotros aprendimos que esta era la manera normal de

comunicarse.

Contar chismes se ha convertido en la principal forma de comunicación en la sociedad humana. Es la

manera que utilizamos para sentirnos cerca de otras personas, porque ver que alguien se siente tan mal

como nosotros, nos hace sentir mejor.

Hay una vieja expresión que dice: «A la miseria le gusta estar acompañada», y la gente que sufre en el

Infierno no quiere estar sola. El miedo y el sufrimiento son un aspecto importante del sueño del planeta; son la

razón de que ese sueño nos continúe reprimiendo.

Si hacemos una analogía y comparamos la mente humana con un ordenador, el chismorreo es

comparable a un virus informático, que no es más que un programa escrito en el mismo lenguaje que los

demás, pero con una intención dañina. Se introduce en el ordenador cuando menos te lo esperas, y en la

mayoría de los casos, sin que siquiera te des cuenta. Una vez se ha introducido en él, tu ordenador no va

demasiado bien o no funciona en absoluto, porque todo se lía y hay tal cantidad de mensajes contradictorios

que resulta imposible obtener resultados satisfactorios.

El chismorreo entre los seres humanos funciona de la misma manera. Por ejemplo, empiezas un curso

con un nuevo profesor; es algo que esperabas desde hace mucho tiempo. El primer día te encuentras con

alguien que anteriormente asistió a ese curso y te dice: «¡Ese profesor es un pedante y un pelmazo! No tiene

ni idea, y además, es un pervertido, de modo que ve con cuidado».

Las palabras de esa persona y las emociones que te transmitió cuando te hizo este comentario se te

quedan inmediatamente grabadas; sin embargo, no eres consciente de qué motivos tenía para hacértelo.

Quizás estaba enfadada por haber suspendido, o simplemente hacía suposiciones fundamentadas en el

miedo y los prejuicios. Pero dado que has aprendido a ingerir información como un niño, parte de ti cree el

chisme. Y en la clase, mientras el profesor habla, sientes que el veneno aparece en tu interior y te resulta

imposible comprender que lo ves a través de los ojos de la persona que te fue con el chisme. Entonces,

empiezas a hablar de ello con los otros integrantes del curso, hasta que acaban por ver al profesor del mismo

modo: como un pelmazo y un pervertido. Realmente no soportas estar ahí, y pronto decides dejar de ir.

Culpas al profesor, pero el culpable es el chisme.

Un pequeño virus informático es capaz de generar un lío de este tipo. Una mínima información errónea

puede estropear la comunicación entre las personas e infectar a todos aquellos que toca, que a su vez

contagian a más gente. Imagínate que cuando otras personas te cuentan chismes, introducen virus

informáticos en tu mente que hacen que pienses cada vez con menor claridad. Después imagina que, en un

esfuerzo por aclarar tu propia confusión y para aliviarte del veneno, tú también chismorreas y contagias estos

virus a otras personas.

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Ahora, imagínate que esta pauta prosigue en una cadena interminable entre todos los seres humanos

de la Tierra. El resultado es un mundo lleno de personas que sólo pueden obtener información a través de

circuitos que están obstruidos por un virus venenoso y contagioso. Una vez más, este virus es lo que los

toltecas denominaron mitote, el caos de miles de voces distintas que intentan hablar al mismo tiempo en la

mente.

Aún peores son los magos negros o «piratas informáticos», que extienden el virus intencionadamente.

Recuerda alguna ocasión en la que tú mismo (o alguien que conozcas) estabas furioso con otra persona y

deseabas vengarte de ella. Para hacerlo, le dijiste algo con la intención de esparcir el veneno y conseguir que

se sintiera mal consigo misma. De niños actuamos de este modo casi sin darnos cuenta, pero a medida que

vamos creciendo, nuestros esfuerzos por desprestigiar a la gente son mucho más calculados. Entonces, nos

mentimos a nosotros mismos y nos decimos que la persona en cuestión recibió un justo castigo por su

maldad.

Cuando contemplamos el mundo a través de un virus informático, resulta fácil justificar incluso el

comportamiento más cruel. No somos conscientes de que el mal uso de nuestras palabras nos hace caer más

profundamente en el Infierno.

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Durante años, las palabras de los demás nos han transmitido chismes y nos han lanzado hechizos, pero

lo mismo ha hecho la manera en que utilizamos las palabras con nosotros mismos. Nos hablamos

constantemente, y la mayor parte del tiempo decimos cosas como: «estoy gordo», «soy feo», «me hago

viejo», «me estoy quedando calvo», «soy estúpido», «nunca entiendo nada», «nunca seré lo suficientemente

bueno», «nunca seré perfecto». ¿Ves de qué modo utilizamos las palabras contra nosotros mismos? Es

necesario que empecemos a comprender lo que son las palabras y lo que hacen. Si entiendes el Primer

Acuerdo (Sé impecable con tus palabras), verás cuántos cambios ocurren en tu vida. En primer lugar,

cambios en tu manera de tratarte y en tu forma de tratar a otras personas, especialmente aquellas a las que

más quieres.

Piensa en las innumerables veces que has explicado chismes sobre el ser que más amas para

conseguir que otras personas apoyasen tu punto de vista. ¿Cuántas veces has captado la atención de otras

personas y has esparcido veneno sobre un ser amado para hacer que tu opinión pareciese correcta? Tu

opinión no es más que tu punto de vista, y no tiene por qué ser necesariamente verdad. Tu opinión proviene

de tus creencias, de tu ego y de tu propio sueño. Creamos todo ese veneno y lo esparcimos entre otras

personas sólo para sentir que nuestro punto de vista es correcto.

Si adoptamos el Primer Acuerdo y somos impecables con nuestras palabras, cualquier veneno

emocional acabará por desaparecer de nuestra mente y dejaremos de transmitirlo en nuestras relaciones

personales, incluso con nuestro perro o nuestro gato.

La impecabilidad de tus palabras también te proporcionará inmunidad frente a cualquier persona que te

lance un hechizo. Solamente recibirás una idea negativa si tu mente es un campo fértil para ella.

Cuando eres impecable con tus palabras, tu mente deja de ser un campo fértil para las palabras que

surgen de la magia negra, pero sí lo es para las que surgen del amor. Puedes medir la impecabilidad de tus

palabras a partir de tu nivel de autoestima. La cantidad de amor que sientes por ti es directamente

proporcional a la calidad e integridad de tus palabras. Cuando eres impecable con tus palabras, te sientes

bien, eres feliz y estás en paz.

Puedes trascender el sueño del Infierno sólo con llegar al acuerdo de ser impecable con tus palabras.

Ahora mismo estoy plantando una semilla en tu mente. Que crezca o no, dependerá de lo fértil que sea tu

mente para recibir las semillas del amor. Tú decides si llegas o no a establecer este acuerdo contigo mismo:

Soy impecable con mis palabras. Nutre esta semilla, y a medida que crezca en tu mente, generará más

semillas de amor que reemplazarán a las del miedo.

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El Primer Acuerdo cambiará el tipo de semillas para las que tu mente resulta fértil.

Se impecable con tus palabras. Este es el primer acuerdo al que debes llegar si quieres ser libre, ser

feliz y trascender el nivel de existencia del Infierno. Es muy poderoso. Utiliza tus palabras apropiadamente.

Empléalas para compartir tu amor. Usa la magia blanca empezando por ti. Dite a ti mismo que eres una

persona maravillosa, fantástica. Dite cuánto te amas. Utiliza las palabras para romper todos esos pequeños

acuerdos que te hacen sufrir.

Es posible. Lo es porque yo mismo lo hice y no soy mejor que tú. Somos exactamente iguales.

Tenemos el mismo tipo de cerebro, el mismo tipo de cuerpo; somos seres humanos. Si yo fui capaz de

romper esos acuerdos y crear otros nuevos, también tú puedes hacerlo. Si yo soy impecable con mis

palabras, ¿por qué no tú? Este acuerdo, por sí solo, es capaz de cambiar toda tu vida. La impecabilidad de

tus palabras te llevará a la libertad personal, al éxito y a la abundancia; hará que el miedo desaparezca y lo

transformará en amor y alegría.

Imagínate lo que es posible crear sólo con la impecabilidad de las palabras. Trascenderás el sueño del

miedo y llevarás una vida diferente. Podrás vivir en el Cielo en medio de miles de personas que viven en el

Infierno, porque serás inmune a él. Alcanzarás el reino de los Cielos con este acuerdo: Sé impecable con tus

palabras.