miércoles, 16 de octubre de 2013

¨EL TREN DE LA VIDA¨

EJERCICIO PARA PROCESAR EL MIEDO

EJERCICIO PARA PROCESAR EL MIEDO Puedes hacer este ejercicio en cualquier momento, cada vez que sientas miedo. Para mejores resultados, es ideal hacerlo en un lugar privado y silencioso, trabajando con una lista de miedos que haz escrito previamente. Siéntate o acuéstate cómodamente con tu espalda recta y cierra los ojos. Toma aire profunda y lentamente hacia tu abdomen, luego exhala lo más rápido que puedas. Repite, toma aire lentamente, y luego suéltalo lo más rápido que puedas. Y una vez más, inhala despacio, despacio, luego exhala rápidamente. Ahora continúa respirando a tu propio ritmo. Escanea tu cuerpo físico desde la cabeza hasta los dedos de los pies, para encontrar la energía del miedo. Busca el miedo. Si no lo puedes encontrar, lee uno de los miedos de tu lista y escanea tu cuerpo de nuevo. Una vez encuentras miedo en tu cuerpo, simplemente obsérvalo. No lo analices, solo obsérvalo. Deja que esté allí. Deja que exista. Deja que crezca y sea lo que es. Se puede manifestar en una incomodidad física, como un nudo, un dolor, energía localizada, o a través de un pensamiento o una memoria, o simplemente puede ser la emoción del miedo. Solo míralo. Obsérvalo. Siéntelo. Deja que esté aquí. Y dile, “miedo, eres bienvenido aquí.” Te doy la bienvenida aquí. Dale la bienvenida y permite que crezca. Permite que se haga cada vez más grande. Permite que crezca y crezca… lo más grande que le sea posible Deja que sea lo más grande que pueda ser. Permite que el miedo se exprese para ti. pero no analices. Simplemente permite lo que sea que venga. Aunque sean palabras pensamientos, memorias, Rastréalo si se transforma en otra emoción, o si cambia su localización en el cuerpo. Sin importar en lo que se convierta, dale la bienvenida a la nueva expresión. “pensamiento, eres bienvenido aquí … emoción, eres bienvenida aquí, palabras, memorias, miedo, eres bienvenido aquí. Eres bienvenido aquí. Míralo, Obsérvalo. Ahora, permítete acercarte y abrazar el miedo en cualquier expresión que este haya escogido. Dale amor y luz y permite que exista. Agradécele por cualquiera que haya sido el trabajo que tenía para ti, y por estar contigo por tanto tiempo. Ahora, suéltalo y entrégalo a La Unidad. Permite que vaya libre hacia La Fuente. Respira profundo ahora. Mientras Inhalas, inhala amor y luz. Y cuando exhales, deja que esa luz y amor vaya y llene el espacio donde solía estar el miedo. Ahora, simplemente respira despacio y profundamente. Inhalando luz y amor, y cuando exhales permite que la luz y el amor se extienda por todo tu cuerpo y fuera hacia tu entorno. Ahora, escanea tu cuerpo desde la cabeza hasta los dedos de los pies para ver si quedó algo de este miedo. Si ha quedado algo, repite el ejercicio inmediatamente. Si no, puedes usar tu lista para hacer el ejercicio de nuevo, o terminar ahora abriendo los ojos y estirando bien el cuerpo. Repite este ejercicio a diario hasta que no tengas más miedo en tu vida. Publicado por
Inelia Benz

viernes, 27 de septiembre de 2013

LA CULPA El sentimiento de culpa No nos castiguemos En nuestra vida experimentamos multitud de situaciones que nos despiertan sentimientos y emociones. Unos son de alegría y regocijo, y estimulan la risa e incluso el llanto de emoción. Otros son de tristeza y dolor, y nos llevan al silencio y al desconsuelo. Esto último sucede con el sentimiento de culpa. Cuando aparece, si no se sabe manejar correctamente, puede conducirnos al bloqueo y al encierro en nosotros mismos. Ser consciente de ello nos ayudará a superarlo y a encauzar el juicio sobre nuestra persona sin convertir la culpa en castigo. ¿Por qué la culpa es tan fuerte? La culpa está conectada con el instinto de muerte y con la autodestrucción. Mal asumida, arrastra a la persona a la pasividad, dejándola en una situación de indefensión y a merced de que alguien o algo externo le libere de ella. Esa persona, ideología o creencia alcanza tal poder que impedirá ejercer la propia responsabilidad. El sentimiento de culpa nos influye tanto porque tenemos miedo a ser abandonados y nos dificulta el responsabilizarnos de nuestra propia vida. Se teme al abandono pues la necesidad de ser amados y aceptados es una aspiración innata en todos nosotros, y cuando la culpa se interioriza contra nosotros mismos, dejamos de creer en nuestra valía personal y nos juzgamos no merecedores del amor. Como consecuencia, intentamos ser como creemos que las otras personas quieren que seamos, y así evitar que nos abandonen. Pero sucede que nuestra verdadera forma de ser termina manifestándose, y el miedo al abandono se incrementa. Surge entonces la agresividad hacia uno mismo a través del autorreproche y la crítica constante, con el propósito de redimirse y ser capaz de ser dueño de la propia vida. Pero sólo se consigue interiorizar cada vez más la desvaloración personal, y la redención nunca llega, pues buscamos que alguien nos libere. Y no es posible, ya que es la culpa la que nos impide ser libres, no los otros. ¿Cómo sabemos que la culpa nos amenaza? Señales físicas (presión en el pecho, dolor de estómago, de cabeza, de espalda), señales emocionales (nerviosismo, desasosiego, agresividad, irascibilidad) y señales mentales (pensamientos de autoacusaciones y autorreproches) nos alertan de que la culpa está siendo mal administrada. Es más probable que sea así cuando mantenemos un sistema de pensamiento polarizado (pensamos que las cosas son blancas o negras, buenas o malas, y no admitimos el término medio); negativo (tan sólo tenemos en cuenta los detalles negativos y además los magnificamos, sin atender a los aspectos positivos); rígido (nos basamos en un sistema de normas estricto donde el deber prevalece en todas nuestras acciones), sobredimensionado (abandonamos la responsabilidad de nuestra vida y pasamos a responsabilizarnos de las vidas de los demás y de cuanto ocurre a nuestro alrededor) o perfeccionista (el nivel de exigencia lo colocamos en la perfección y ésta en todos los actos que llevemos a cabo). Como todo sentimiento, la culpa está precedida y es consecuencia de la escala de valores con que nos regimos en la vida. Si se produce un desencuentro entre nuestro ideal de cómo ha de ser nuestro comportamiento y la realidad vivida, causará dolorosos conflictos personales que desembocarán en la generación de alguna de las tres maneras de reaccionar ante los acontecimientos: • Reacciones intrapunitivas: nos sentimos culpables exclusivos de todo lo ocurrido. • Reacciones extrapunitivas: culpabilizamos de todo, inclusive de nuestros males, a los demás, como forma de desresponsabilizarnos ante lo sucedido. • Reacciones impunitivas: pensamos que nadie tiene la culpa de nada, que son las circunstancias sin más. Esta forma de razonar puede tener de bueno el conseguir descargar el agobio y no hacer más penosa la situación, pero como contrapartida, y habrá que estar alerta, se puede caer en la simplificación y la irresponsabilidad. Culpa sí, pero no castigo Cuanta mayor concordancia exista entre nuestro pensar y actuar, y cuanto más lejos se mantenga nuestro razonamiento de absolutos, rigideces y perfeccionismos, menos veces se nos generará el sentimiento de culpa. Pero sin duda, cuando somos incoherentes, el sentimiento de culpa aparece. En ese momento, en la medida en que aparquemos la descalificación y el castigo, nos liberaremos de la paralización y mantendremos la suficiente fluidez interna que nos llevará a abordar nuestras faltas de coherencia como problemas a resolver y no como losas autodestructivas. Ahora bien, incluso practicando lo anterior no estamos exentos de que se nos encienda esa señal de la culpa con capacidad de ser dolosa. El problema no radica en sentirla, sino en cómo afrontamos su presencia. Cuando se presenta la culpa, el reto es convertir ese sentimiento en: • Una señal, que sirve para cuestionarnos cómo hacemos lo que estamos haciendo. A veces es bueno que nos encontremos en entredicho: las revisiones personales posibilitan nuestro enriquecimiento. • Un momento de reflexión y análisis de por qué nos surge, sin entrar a desvalorizarnos ni a hundirnos en el desasosiego y el sufrimiento. • Un diálogo interior que nos lleve a designar y concretar cuál es la conducta por la que sentimos la culpa. • La búsqueda de soluciones, o en su defecto alternativas a cómo reparar el daño causado. • La petición de perdón a las personas afectadas por nuestra conducta. Si el sentimiento de culpa nos afecta de tal forma que nos conduce a una situación emocional que nos impide un análisis claro, conviene acudir a un profesional para que pueda ayudarnos a encontrar las soluciones adecuadas. Sacar lo positivo de la culpa Si ante la culpa no ejercemos nuestra responsabilidad y nos sumimos en la paralización del miedo, caeremos en la descalificación personal (somos malos, egoístas....) y en el autocastigo (agresividad que provoca sufrimiento). Pero también podemos ver en su manifestación una función saludable, pues nos hace conscientes del conflicto y, a partir de ahí, seremos capaces de analizar las soluciones y dar los pasos oportunos que restablezcan nuestro vivir coherente. Podremos descubrir que la trasgresión de la norma que provoca la culpa se produce porque: • Nos guiamos por un sistema de pensamiento polarizado, rígido, negativo, sobredimensionado o perfeccionista. • Existen unas circunstancias especiales, en la que hay que tener en cuenta nuestras necesidades del momento, • Pretendiéndolo o no, nuestra actuación no se adecua a nuestros valores. Si se trata de los dos primeros casos, comprobamos que el código no es inamovible y por tanto podemos flexibilizar, contextualizar y dar más precisión y puntualización a la norma transgredida. No se trata de destruir la norma, sino de enriquecerla despojándola de su rigidez. Si la culpa se presenta por haber sido incoherentes con nuestro sistema de valores, habremos de responsabilizarnos de las consecuencias, hacernos cargo de lo que éstas supongan y pedir perdón a quien haya resultado dañado por nuestro comportamiento. Sentimientos de culpa Ante el fracaso, conviene preguntarnos el "porqué" en lugar del "quién" Cuando sucede algo negativo, tendemos a buscar culpables. Hasta tal punto se da esa tendencia que se pueden clasificar los tipos de personalidad según se reacciona ante las frustraciones: quienes sistemáticamente se autoinculpan de lo que sucede, quienes piensan que la culpa siempre la tienen los demás y, por último, quienes no echan la culpa a nadie, bien porque no entran a juzgar o porque no le otorgan excesiva importancia a los contratiempos que la vida nos depara.
Las reacciones de autoinculpación provocan en el individuo un estado de ansiedad cuyo origen podemos encontrarlo en sistemas de educación rígidos. La familia, la escuela o el medio social han estado tradicionalmente cargados de leyes y normas de conducta regidas por el miedo al castigo. Así, hemos ido interiorizando paulatinamente este catálogo represivo hasta que terminan constituyendo parte de nuestra personalidad. Es como un juez o policía que llevamos dentro y que actúa imponiéndose a la espontaneidad de la acción y del pensamiento. Las personas con este sentimiento de culpa se llenan de obligaciones aunque éstas no les correspondan. Son extremadamente escrupulosos y exigentes a la hora de enjuiciarse y viven pendientes de que el castigo o la sanción pueda caer sobre ellos. Por otro lado, las reacciones que sistemáticamente inculpan a otros de todo lo negativo que sucede se deben a que el individuo no soporta la carga de la propia responsabilidad cuando surgen las frustraciones, y dirige a los demás la sensación de culpa. Es una forma de liberación que los demás perciben como una conducta agresiva, pero que revela la incapacidad del individuo para criticarse de forma objetiva y serena. El origen de estas conductas está en estilos de educación permisivos en los que la persona no ha experimentado los límites de su conducta ni las consecuencias de sus errores. Sucede frecuentemente en familias en los que la autoridad de padres y adultos y el respeto a unas ciertas normas de convivencia han sido mal o insuficientemente trabajados con los niños y adolescentes. La educación en libertad y responsabilidad es nuestra asignatura pendiente. Y la actitud de reaccionar ante las malas noticias no echando la culpa a nadie se asocia a dos tipos de perfil: quienes mantienen actitudes frívolas y no le dan importancia a nada y, por otra parte, quienes mostrándose responsables y conscientes, optan por no teñir las relaciones interpersonales de sentimientos de culpa para evitar la negatividad que ello acarrea. Perjudica las relaciones Quien por sistema adjudica las culpas a los demás resulta tan cargante que no tarda tiempo en verse aislado y evitado por todo el mundo, salvo cuando ostenta poder sobre su entorno y es, por ello, temido, lo que en absoluto favorece las relaciones sociales de esa persona poderosa. Estos individuos se tienen por tan perfectos que resulta desagradable permanecer junto a ellas. Pero esta actitud, tan visible cuando es protagonizada por otras personas, puede pasarnos desapercibida si somos nosotros quienes la adoptamos. Por eso resulta útil reflexionar sobre nuestra capacidad de autocrítica, y someternos a la crítica ajena con espíritu de mejora. Defendernos por sistema es poco provechoso para nuestro progreso personal y nos distancia de los demás. En el otro extremo, quienes se autoinculpan de los fracasos, ya propios ya ajenos, sufren en las relaciones sociales porque perciben a los demás como superiores o como irresponsables. Y pueden terminar haciéndose demasiado exigentes con los demás, al ser percibido el entorno como moralmente menos escrupuloso que uno mismo. Para terminar, excluir los sentimientos de culpa es casi siempre positivo. Cuando se produce un conflicto deviene improductivo buscar culpables. Si se echa la culpa al otro pueden acentuarse sus sentimientos de culpa, especialmente si es débil, con lo cual contribuimos a destruirlo. Y pueden asimismo darse respuestas simétricas, por lo que nos veremos en un "más de lo mismo" o en "el cuento de nunca acabar" con lo cual llegar a la solución al conflicto será muy difícil. Siempre es más útil plantearse qué parte de responsabilidad corresponde a cada uno en la búsqueda de soluciones (y no sólo en el origen del problema), y actuar posteriormente en consecuencia Liberarnos de los sentimientos de culpa Muchas de las frustraciones que originan los sentimientos de culpa se producen porque se tiene una idea de nuestra capacidad o de la de los demás, que, por excesivamente optimista, no se atiene a lo real. Por tanto, la primera estrategia para combatir el sentimiento de culpa es cultivar el sentido de la realidad, lo que supone aceptar, aunque resulte doloroso, qué y quién es cada uno. Para ello, es necesario trabajar la autocrítica mediante la reflexión y tomando en consideración las observaciones que nos hacen las personas que nos manifiestan más afecto y confianza. Determinaremos así las causas de las situaciones conflictivas para aprender de los fracasos y no volver a cometer esos o similares errores. El objetivo es doble: el esclarecimiento de la situación y la desactivación del proceso de adjudicación de culpas. Lo inteligente y provechoso es identificar los errores, reconocer la causa, asumir la responsabilidad cuando nos compete y, ya después, tomar medidas para rectificarlos y para no volver a caer en la misma piedra. Limitarnos a sentir culpa es como encadenarnos de por vida por lo que ocurrió en el pasado, lo que conduce a un estado de ansiedad que puede derivar en depresiones. Sentir culpa sólo resultará útil cuando esta sensación pueda convertirse en acción. Cuando se aceptan los errores sin sentir un fracaso definitivo y paralizante, el error puede percibirse como una oportunidad de aprendizaje, como una fuente de información de qué cosas van bien y cuáles no. Se trata de un proceso de autoaceptación y mejora que genera autoestima, de aprender a querernos a partir de un diagnóstico certero sobre nuestras acciones menos logradas y nuestras posibilidades de intervenir sobre ellas. Respecto a la culpa que podemos sentir por los errores ajenos, conviene plantearse si uno es responsable (o en qué medida lo es) de las vidas de los demás. Cada uno tiene su propio periplo vital y debe asumir su responsabilidad sobre lo que en ese viaje acontece. Estos sentimientos de culpa por los demás parten del convencimiento íntimo de que ellos dependen de nosotros. Es como si a partir de esa vinculación se hubiera establecido una dominación. Permitir a la otra persona vivir su vida nos permite a cada uno vivir la nuestra del mismo modo, con libertad y responsabilidad. Quienes viven a nuestro alrededor van a desarrollarse incluso a pesar de nosotros, sin una ayuda, la nuestra, que pueden percibir como agobiante. Es un alivio comprobar que uno no tiene toda la responsabilidad en lo que a otros les suceda, pero hay que saber asumir esa soledad que podemos sentir cuando aceptamos que los demás vivan sin depender de nuestros juicios y opiniones. Para evitar el sentimiento de culpa, conviene... • Identificar los sentimientos de culpa. Analizar en qué situaciones sobrevienen. • Aceptarlos como normales y pensar que son comprensibles. Al reconocer y aceptar estos sentimientos de culpa, resulta más fácil expresarlos y combatirlos • Expresar los sentimientos de culpa. Hablar con otras personas (si es necesario, con profesionales) del tema puede ayudar a aliviar este pernicioso sentimiento. • Analizar sus causas. Buscar las razones de estos sentimientos puede contribuir a hacerlos más comprensibles y aceptables. • Reconocer nuestros propios límites. • Aprender a dejar vivir a los demás.

martes, 23 de abril de 2013

"Ama la realidad que construyes": QUE ES LA NUMEROLOGIA?

"Ama la realidad que construyes": QUE ES LA NUMEROLOGIA?: QUE ES LA NUMEROLOGIA? La Numerología, como la misma palabra indica, es "la ciencia de los números". Tenemos conocimiento de e...

QUE ES LA NUMEROLOGIA?

QUE ES LA NUMEROLOGIA? La Numerología, como la misma palabra indica, es "la ciencia de los números". Tenemos conocimiento de ella hace tantos siglos que no es posible definir el momento preciso en el que nace. Fue utilizada por el hombre desde que los símbolos entraron en su vida, y desarrollada a través de civilizaciones tan antiguas como la caldea y la egipcia, por citar algunas de ellas. ¿QUE ME PERMITE AVERIGUAR LA NUMEROLOGIA? En Numerología se utilizan los números como vibraciones o formas de energía personales, y se aplican a los sectores de la vida que más nos interesan. QUE NOS PERMITE SABER LA NUMEROLOGIA? La Numerología básicamente nos dice, cómo somos, con que venimos a este mundo y cómo será el camino donde nos encontraremos más a gusto. Tiene por un lado una vertiente psicológica y otra mántica o predictiva. La vertiente psicológica nos habla de nuestro interior, y es una herramienta muy útil, para conceptualizar nuestro yo, ya que favorece el conocimiento interior, o como rezaba la entrada del templo “Conócete a ti mismo”. Nos permite poner sobre el papel y de una forma separada nuestro interior, para que analizando las partes una a una tengamos una imagen racional de nuestro yo más abstracto, nuestra mente. Es una herramienta de conocimiento interior más, que se pone a nuestro alcance. Con gran agudeza y claridad en algunos casos, por ejemplo el Número de Equilibrio, que nos dice cual será nuestra reacción para recuperar el equilibrio en caso de haberlo perdido. La Numerología actual, se basa en los principios esbozados por Pitágoras (570 a.C.) en sus enseñanzas recogidas a lo largo de su vida a través de sus viajes por los principales centros de cultura de la época por todo el litoral Mediterráneo

lunes, 14 de enero de 2013

Tres a no despreciar: una persona respetada, la propiedad de otro, un buen amigo. Tres a no ensalzar: a un hombre deshonrado, a un loco presuntuoso, a tu propio hijo ante los demás. Tres a ni ensalzar ni despreciar: a los familiares, a alguien de quien nada sabes …a nadie, en realidad. –Patrul Rimpoché

QUIEN QUIERE TENER RAZON?

El ser humano es un animal al que le encanta que le den la razón. Que sepamos, es la única especie con este comportamiento. Para lograr que te den la razón, descartando el caso de los niños y los locos, es necesario discutir. Por eso se discute de forma incansable, las discusiones nos atrapan, nos enredan y al final acaban agotando unas energías preciosas que se podrían haber usado en otros fines. Y aun después de haber discutido, en muy raras ocasiones te acaban dando la razón, aunque cada cual en su fuero interno cree más firmemente que la tiene. De ahí la visión de Dale Carnegie que recomienda muy encarecidamente el no discutir, pues rara vez se vence y si se logra vencer, la otra parte nos guardará rencor, cosa nada recomendable. Carnegie no ve rentable la discusión, postura lógica en alguien que ha sentado las bases de la moderna persuasión. ¿Recuerda usted alguna discusión con alguien que le quería vender algo? Seguro que algún conocido le ha contado que al final le han dado la razón en algo. En mi caso, siempre le pregunto el precio. La conclusión es desalentadora, las repuestas frecuentes son: enfado conyugal, peor ambiente laboral, dinero gastado en pleitos, despidos, etc. Todo esto ocurre a nivel personal, si lo hacemos a nivel grupos o sociedades, el asunto es más grave. Conflictos, violencia, guerras, persecuciones religiosas y otros comportamientos desagradables suelen ser efectos de querer tener la razón, ya que generalmente, cuando se acaban los argumentos (cosa que ocurre rápidamente), el objetivo se intenta conseguir por la fuerza. Digamos que la política es discusión, que cuando ésta se descontrola se pasa a la violencia y que lo que mejor funciona es la diplomacia como forma de persuasión entre grupos. Arthur Schopenhauer escribió “El arte de tener razón” donde explica cómo lograrlo mediante ciertos trucos retóricos que funcionan. Es un tratado muy ingenioso que suele funcionar. Sin embargo, para mí, no lo veo muy útil. No recuerdo cuando fue la última vez que quise ganar una discusión. Hay algo que las personas confunden: tener razón y conseguir lo que quieren. Rara vez coincide ambas cosas. Generalmente, para conseguir lo que quieres, la razón no es suficiente. Ni siquiera la fuerza, que es lo primero que se usa cuando se abandona una discusión. La verdadera herramienta para conseguir lo que usted desea es la persuasión. ¿Los niños discuten? Rara vez, sin embargo, son maestros en persuasión y les sale a cuenta. Si usted adora discutir y tener razón, no se prive, siga los consejos de Arthur Schopenhauer Si usted quiere conseguir que los demás hagan lo que usted quiera, siga a Dale Carnegie: gastará menos energías, se llevará bien con todo el mundo y logrará sus objetivos. Además, si usted cree firmemente que tiene razón, ¿para qué discutir? Le puede interesar